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febrero 03, 2005

Debate en el Congreso de los Diputados

No presencié todo el debate porque otras obligaciones me lo impidieron, pero lo hubiera hecho de buena gana. Con todo vi y oí en directo lo sustancial, esto es, las tres primeras intervenciones de Ibarretxe, Zapatero y Rajoy, y después los resúmenes informativos de las diferentes cadenas han terminado por perfilar lo que fueron esas siete horas largas en el Congreso de los Diputados.

En realidad, creo que no hubo alteraciones sustanciales sobre lo que se esperaba inicialmente. Los que votaron a favor de Ibarrtexe lo hicieron esgrimiendo los argumentos que ya han ido vertiendo en otros foros, y creo que no pusieron sobre la mesa ningún otro argumento novedoso de demasiada entidad.

Sin embargo, quienes sí me sorprendieron, y mucho, y para bien, fueron Zapatero y Rajoy. No tanto por lo que dijeron, sino por la complementariedad de lo que dijeron, y hasta por cómo lo dijeron. Parecía como que hubieran ensayado el día de antes en casa de Manuel Marín.

Zapatero se presentó como lo que es: un hombre dialogante y abierto, que efectivamente intenta tender una mano a quién no está de acuerdo con él. Rajoy, que estuvo brillante, en un tono moderado pero firme, le expuso a Ibarrtexe todos los defectos de forma y fondo que su Plan ha ido arrastrando, incorporando a su discurso la insoportable carga de sangre y muertos que ya se acumulan entre las filas de quienes no están de acuerdo con él.

Me pareció que con la voz complementaria de Zapatero/Rajoy el Estado se defendía adecuada y razonadamente de un virus secesionista, cuyo principal peligro es la terrible mortandad que hasta ahora ha causado. Uno ponía paños calientes, y otro aplicaba antibióticos de gran potencia. Es decir, estuvieron bien cada uno en su papel.

Y mientras les escuchaba atentamente no dejaba de sorprenderme de la paradoja que inevitablemente crece en mi interior: yo sueño sin ansiedad con una España republicana y federal, y, por tanto, los líderes de los principales partidos no representan lo que pienso, al menos en este terreno. Sin embargo, en el tema concreto del país vasco estoy más próximo a ellos que a Ibarrtexe, que, formalmente, tal vez sea más republicano y federal.

Pero eso de los muertos hace que mi balanza personal se incline indefectiblemente.

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LIBROS

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    De este joven escritor francés ya conocía su "Ampliación del campo de batalla", que me había dejado indiferente. Cuando leí "Plataforma" (Anagrama), anduve varios días con los ojos como platos. Creo que es una novela interesante, pero, sobre todo, una reflexión impertinente, provocadora, que descoloca por su claridad y valentía, y que lleva implícita una toma de posición ideológica por parte del lector. Contiene el alegato más radical que he leído contra el Islam (por eso ha sido un escándalo en su país), y para quienes provenimos de las remotas regiones del marxismo supone una revisión de lo que queda de nuestro pasado mental. Lo he regalado muchas veces y casi nadie ha sabido qué decirme. Algunos/as creo que no me saludan.
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    Si yo fuera Chet Baker y leyera mi propia biografía escrita por James Gavin (Reservoir Books) supongo que me removería en la tumba. Un lector normal, y, sobre todo, vivo, se quedaría de piedra ante las peripecias contadas en un libro que relata con todo lujo de detalles el implacable y larguísimo proceso de autodestrucción de uno de los mejores músicos de jazz de todos los tiempos. Desde su origen familiar a las misteriosas circunstancias de su muerte, pasando por el calvario (para él y para que los le rodeaban) de su adicción a las drogas, todo en el libro es extremo. Como extremo es el biografiado mismo: seductor hasta en los últimos momentos, amoral, solitario, egoista, genial músico. Una delicia de libro.
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